Familiares y amigos me han preguntado muchas veces por qué sigo
escribiendo sonetos si no me sirve para nada. Yo también me he hecho
la misma pregunta muchas veces. En cada proyecto creativo que
emprendo (grabar vídeos, escribir guiones, etc.) empleo tiempo,
energía y dinero. A cambio de ese esfuerzo obtengo muy poco. Las versiones
audiovisuales de los sonetos reciben unas doscientas a trescientas
visitas. Con suerte, unos veinte “Me gusta”. Del libro de poesías
que publiqué solo se han vendido cien ejemplares. De las novelas
mejor ni hablar. Pese a los pésimos resultados en cuanto a éxito,
llevo más de quince años emprendiendo proyectos. Lo seguiré
haciendo mientras el cuerpo y, especialmente, la mente aguanten. ¿Por
qué? No tengo una explicación. No he encontrado un sentido a la
existencia en general, así que mucho menos se la voy a encontrar a
mi empeño en escribir. Supongo que se trata de una necesidad.
Comemos porque tenemos hambre. Bebemos porque tenemos sed. El deseo
nos impulsa a buscar otra carne. Y así con casi todo. Lo curioso es
que no hay una palabra para describir la necesidad de crear algo
artístico. No existe el equivalente a hambre ni a sed ni a deseo.
Creo que hay que inventarse una. Lo voy a hacer yo. Lo haré sin
basarme en ninguna palabra relacionada con el tema al que se refiere.
Juntaré sílabas y ya está. Me doy un minuto para hacerlo. Pongo en
marcha el cronómetro. Tic, tac, tic, tac… La palabra es ensivero.
A partir de ahora, el término que para mí hace referencia a la
necesidad de crear algo artístico sin esperar nada a cambio es
ensivero. Soy consciente de que ese palabro está condenado a vivir
muy poco. Ni siquiera puedo afirmar que morirá conmigo. Lo hará
mucho antes. Seguro que en un par de semanas no lo recuerdo ni yo.
Existe una versión audiovisual recitada por Luis Fernández Reyes: