El sábado pasado (escribo estas líneas el día 13 de mayo del 2026) estuve en un espectáculo de mentalismo realizado por Toni Bright. Me gustó. Fue muy entretenido. El artista interactuaba mucho con el público: les hacía sujetar objetos, decir cifras, etc. Lo menciono aquí porque ocurrió algo que me trajo a la cabeza el soneto de este mes. Toni Bright sacó a una espectadora al escenario y le pidió que pensara en el nombre de una persona querida que hubiera fallecido. El reto del mentalista era adivinar ese nombre. Lo que a mí me interesa mencionar es que el mago preguntó a la espectadora si creía en los espíritus. Concretamente, le pidió que dijera, de 0 a 100, cuánto creía en ellos. Respondió que 0. En ese momento me pregunté cuál sería mi respuesta. Lo cierto es que no es un valor fijo. Cuando estoy en plan racional y solo uso el cerebro, diría que cero. Pero no siempre estoy así. De hecho, me gusta desconectar al vigilante mental (el superyó que diría Freud) cuando las circunstancias me lo permiten. No pensar demasiado y dejarse llevar por las emociones y la ilusión está bien. Cuando estoy en ese plan, mi puntuación para la creencia en los espíritus puede llegar hasta 80 o más. Es reconfortante imaginar que alguien que ha muerto vela por nosotros. La realidad puede ser muy dura y dolorosa. Por qué no rebajar esa aspereza creyendo en un espíritu amistoso que nos protege. Yo lo hago y no me avergüenzo.
Hay una versión audiovisual recitada por Luis Fernández Reyes